San Pablo debía tener en sus libros y pergaminos (cf. 2 Ti. 4:13) esta palabra del Señor: «que el hombre no separe lo que Dios ha unido» (cf. Mt. 19:6). Sin embargo, no la cita nunca. Solo indirectamente es posible decir que para san Pablo también es Dios mismo quien se encuentra al origen del matrimonio. Se dan como prueba las siguientes consideraciones:
a. Incluso si la necesidad del matrimonio se hace sentir por el ardor de los sentidos (1 Co. 7:9) y por «una vitalidad desbordante» (1 Co. 7:36), no hay que ver en ello una vergüenza, sino un don, un carisma recibido de Dios (1 Co. 7:7). Su sed de salir de su aislamiento y de encontrar un sentido a una parte esencial de ellos mismos que sufre por su vacuidad, como el aburrimiento punzante de Adán enumerando los animales del paraíso (cf. Gn. 2:20b), viene de Dios. Dios hace nacer en ellos esta súplica, cuyo otorgamiento será el matrimonio. No hay, pues, ninguna vergüenza en desear casarse, ya que este deseo es una súplica legítima que Dios escucha y que, incluso, suscita.
b. Si San Pablo en Efesios 5:31 cita, a propósito del misterio conyugal, el relato del primer matrimonio, entiende que todo verdadero matrimonio es contraído a la imagen del matrimonio del Isch (hombre) y la Ischa (mujer), narrado en el segundo capítulo de Génesis. Es decir, que Dios por su activa voluntad es quien trae la esposa al esposo para que él no la tome, sino que la reciba de su mano. Seguir leyendo «La constitución del matrimonio» →
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